Instituciones: una explicación necesaria
- Jonathan Flores-Pérez
- 29 dic 2025
- 4 Min. de lectura

En los últimos años, la palabra instituciones aparece con más frecuencia en nuestro vocabulario y pocas veces nos detenemos a explicar con claridad qué son y por qué deberían importarnos a todos en nuestra vida cotidiana.
Hablar de instituciones no significa referirse únicamente a edificios públicos, oficinas gubernamentales, dependencias religiosas o del Estado. En realidad, las instituciones son mucho más profundas y determinantes. Douglass North, economista y Premio Nobel de Economía en 1993, las define como reglas del juego de una sociedad: aquellas que ordenan la manera en que interactuamos, cómo tomamos decisiones y cuáles son las consecuencias de cumplir o incumplir dichas reglas.
Esta definición no surgió de manera aislada. El economista y sociólogo estadounidense Thorstein Veblen (1857-1929) las había definido como pautas comunes y predecibles del comportamiento en sociedad. Al igual que North, las instituciones a las que Veblen se refiere no son las gubernamentales, militares o religiosas en un sentido estrictamente organizacional, sino los hábitos de pensamiento, costumbres, creencias y normas que influyen de manera decisiva en lo económico y social.
Estas definiciones permiten comprender que algunas instituciones se encuentran formalizadas por escrito, como la Constitución, las leyes, los reglamentos y los contratos. Otras, en cambio, no lo están, como las normas sociales, los hábitos y las prácticas socialmente aceptadas, e incluso aquello que “todo mundo sabe” que se hace, aun cuando no esté expresamente permitido. En conjunto, estas instituciones influyen de manera decisiva en el comportamiento de los distintos tomadores de decisiones, tales como los consumidores, las empresas y el propio gobierno (a quienes también se les conoce en la literatura económica como agentes económicos).
Entonces, ¿Por qué importan las instituciones? Las instituciones importan porque reducen la incertidumbre y los costos de coordinar las acciones de las personas (North 1993). Nos permiten anticipar qué esperar de los demás y del Estado. Cuando funcionan bien, hacen posible la cooperación, el intercambio, las inversiones, el cumplimiento de contratos y la convivencia social. Cuando fallan, la inestabilidad y desconfianza se vuelve la norma y los agentes económicos actúan pensando solo en protegerse.
La propia historia de la humanidad ha demostrado la importancia de las instituciones como generadoras de certidumbre y estabilidad económica, política y social. En este contexto, resulta ilustrativo conocer la historia de una de las primeras instituciones formales y escritas que buscó precisamente ese objetivo: establecer reglas claras y públicas para ordenar la vida en sociedad. Este es el caso del Código de Hammurabi[1], un conjunto de leyes de la antigua Mesopotamia promulgado hacia mediados del siglo XVIII antes de Cristo (1754 a. C.).
En una época marcada por la arbitrariedad y por costumbres transmitidas de generación en generación, este código representó un avance fundamental al plasmar por escrito, y de manera pública, normas que regulaban aspectos centrales de la vida social y económica, como el derecho de propiedad, los contratos y las sanciones.
Su relevancia radica en que, al hacer las reglas conocidas y relativamente generales, se redujo la discrecionalidad de la autoridad y se otorgó mayor previsibilidad a las interacciones entre los individuos, lo que contribuyó a una convivencia social más estable. A partir de esta institución, las personas podían saber con antelación las consecuencias de sus actos, los intercambios comerciales se volvieron más confiables y los conflictos comenzaron a resolverse conforme a reglas previamente establecidas, y no únicamente por la fuerza.
Por ello, para muchos historiadores, el Código de Hammurabi es considerado como el primer gran manual económico de la humanidad, pues se convirtió en un conjunto de normas que permitió transformar el intercambio y la vida económica en un sistema más ordenado y previsible.[2]
En la actualidad, si las personas saben que un contrato será respetado y que, en caso de conflicto, un juez resolverá de manera imparcial y oportuna, estarán dispuestas a invertir, emprender, intercambiar o colaborar. Si, por el contrario, su percepción es que la ley se aplica de forma selectiva, que los procesos son lentos o que el poder político pesa más que la legalidad, su conducta cambia: buscan atajos, evitan riesgos o se mueven en la informalidad.
Por esta razón, las instituciones no son un tema exclusivo de los académicos, especialistas o políticos. Son las reglas escritas y no escritas que afectan directamente nuestra toma de decisiones y, por supuesto, el empleo, las inversiones, los salarios, la seguridad, la calidad de los servicios públicos y las oportunidades de vida. Donde las instituciones son sólidas, el esfuerzo suele rendir frutos. Donde son débiles, incluso el talento y el trabajo se ven limitados.
En México, como en otros países de ingresos medios, solemos pensar que nuestros problemas se explican por la falta de recursos, por crisis económicas o por factores externos y, aunque son elementos que también los propician, una mirada más profunda muestra que muchos de nuestros rezagos tienen un origen institucional: leyes que existen, pero no se cumplen, autoridades con amplios márgenes de discrecionalidad, contrapesos debilitados, y una normalización por parte de los agentes económicos de prácticas que erosionan la legalidad.
Entender las instituciones como reglas que moldean nuestras decisiones es el primer paso para evaluar la gobernanza, para exigir mejores decisiones públicas y para comprender que el desarrollo de un país o una región no es producto de la casualidad, sino de la calidad de las reglas escritas y no escritas que marcan la diferencia entre el progreso y el estancamiento. Porque cuando las instituciones fallan, el costo lo pagamos todos.
[1] Hammurabi fue rey de Babilonia entre 1792 y 1750 a. C. Durante su reinado consolidó un vasto territorio en Mesopotamia y fortaleció la autoridad del Estado mediante la centralización del poder político, militar y judicial. Es conocido principalmente por haber ordenado la recopilación y promulgación del Código que lleva su nombre.
[2] The Code of Hammurabi: The First Law in History, video en YouTube, publicado el 30 de agosto de 2025, minute 22:05, https://www.youtube.com/watch?v=rYfPc7mqou8



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